Estos son algunos desafíos pastorales que brotan de la necesidad de anunciar la fe unida a la vida. La fe como fruto de un encuentro y como opción libre y “experienciada”. Aún cuando el catolicismo pueda seguir teniendo cierta vigencia en el imaginario religioso colectivo de nuestro país como religión mayoritaria, heredada culturalmente, es claro que las actuales y futuras generaciones vivirán como católicos principalmente desde su adhesión libre y personal. Para que esto ocurra es necesaria la existencia de vínculos interpersonales significativos y duraderos. Sólo estas relaciones pueden producir procesos personales de identificación creyente. En última instancia la fe es un don de Dios que surge como fruto de un encuentro. “Sólo el amor es digno de fe” (Hans Urs von Balthasar), y por eso un encuentro fraterno hace posible el creer. Los cristianos no podemos asumir la comunicación de la fe como una interesada forma de proselitismo, sino como expresión de un amor por el cual nos encontrarnos con los hombres para compartir “lo que hemos visto y oído” (1 Jn 1,3). La actual situación de crisis estaría exigiendo de los cristianos una renovada comprensión y propuesta de la transmisión de la fe. Las familias, en razón de la crisis que atraviesan, muchas veces se quedan cortas para vivir esta misión. Tampoco las instituciones, si se muestran grandes y alejadas de las personas, tendrán un valor testimonial. Los “grupos vitales abarcables” pueden, en cambio, ser un medio adecuado para que surjan y se desarrollen relaciones humanas significativas, capaces de comunicar una experiencia de fe. De allí que hoy se habla no tanto de la interrupción de la transmisión de la fe sino de un cambio en el modo de realizarla. De la religión heredada por tradición cultural se pasa a la religión acogida como fruto de un encuentro, que será reapropiada a partir de la propia experiencia y legitimada por la adhesión personal. Por otra parte hoy existe una gran coincidencia en afirmar el valor de la experiencia personal como aquélla en donde Dios se manifiesta. Por eso un gran desafío en el diálogo evangelizador es que el interlocutor del anuncio escuche una palabra que viene de “fuera” y le advierte sobre la existencia de una voz interior que llama desde “dentro”. En la transmisión de la fe “el agua de todos esos medios [de comunicación de la fe como la catequesis, los sacramentos, etc.] tiene que confluir con el agua que mana del centro de la persona. Hay también un manantial, un pozo en el interior de la persona, con el que tiene que entrar en contacto el agua que viene del exterior. Toda llamada del exterior, hecha en nombre de Dios, sólo resulta provechosa si confluye con el agua interior a cada sujeto de la presencia de Dios en él” . De este modo las exigencias de la fe no serán recibidas como una imposición extrínseca sino como la expresión de una necesidad interior que es necesario atender. “En el fondo de lo verdaderamente humano yace lo divino” y el catequista tiene que convertirse en un maestro y un hermeneuta de la interioridad humana abierta a Dios. Santidad y misericordia. Vivimos tiempos donde se espera de la Iglesia una mayor comprensión y tolerancia respecto de los hombres. El evangelio es perdón y misericordia; sin embargo no podemos olvidar que es también exigencia y radicalidad. Por eso, si queremos que la sal no pierda su sabor (cf. Mt 5,13), la comunidad de los creyentes tendrá, por un lado, que superar todo puritanismo desencarnado y todo moralismo cargado de severidad y exclusión, pero no podrá olvidar el llamado del sermón de la montaña: “sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” (Mt 5,48). Si existe un mayoritario interés de los fieles por una Iglesia abierta, cálida y fraterna, sin exclusiones ni marginaciones, ¿cómo integrar esta apertura con la necesidad de anunciar a todos las condiciones y exigencias planteadas en el seguimiento de Jesús? Es sabido que en el evangelio toda exigencia brota de un amor experimentado que se convierte en llamado al desprendimiento y la entrega. La Iglesia deberá ofrecer siempre a los hombres espacios donde el encuentro con el amor gratuito e incondicional de Jesucristo sea posible. Amor gratuito significa que él no exige nada a cambio y por ese mismo hecho se convierte en ineludible invitación de amor para quien lo recibe. La gente, sobrecargada de responsabilidades y maltratada por demasiados vínculos de exigencia, no desea encontrar en la Iglesia más cargas y cuestionamientos. Entonces ¿cómo anunciar el evangelio del consuelo y la paz y lograr que quien lo reciba se sienta involucrado en un vínculo que pide una firme y convencida adhesión personal? No es fácil responder a esta cuestión, pero lo que es seguro es que pastores y laicos tenemos que consolidar un estilo pastoral que exprese de manera testimonial la caridad de Jesucristo, su consuelo y su autoridad.

Pbro. Carlos Avellaneda